Llamamos Nuevo Testamento a la revelación y a la alianza que, en la plenitud de los tiempos, Dios hizo y estableció con los hombres y mujeres, a través de su Hijo Jesucristo (Gál 4,4; Heb 1,1-2), así como también al conjunto de 27 libros que, compuestos bajo el carisma de la inspiración divina de sus autores, recogen esta revelación y nos describen esta alianza.
Recordemos que, en el uso y en el lenguaje nuestro, la palabra "testamento", es el conjunto de bienes que, por ejemplo, un difunto deja a sus deudos, pero que en la Biblia, hace referencia a la revelación que Dios hace de sí mismo al ser humano y a la alianza de amor que establece con su pueblo. Esto sucede tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.
Por lo general clasificamos estos escritos, en Evangelios, el libro de los Hechos de los Apóstoles, las Cartas Apostólicas y el libro del Apocalipsis. Cuatro evangelios redactados por Mateo, Marcos, Lucas y Juan, el libro de los Hechos, las 21 cartas del Nuevo, la mayoría de san Pablo y el libro profético del Apocalipsis.
¿Cuándo, dónde y cómo se redactaron los escritos del Nuevo Testamento?
Los libros del Nuevo Testamento, fueron redactado en su mayoría, durante la segunda mitad del siglo 1 d. C, en la parte oriental del Imperio Romano, vale decir, Palestina, Siria y Asia Menor. Su contenido se refiere a personas y comunidades, que vivieron durante el siglo 1, en todos estos lugares, en Grecia e incluso Roma. Nacieron de la catequesis sobre Jesucristo, de su vida, enseñanzas, muerte y resurrección y como una respuesta a las diversas situaciones de los primeros cristianos, para iluminar su caminar en la fe en todos los ámbitos, y ayudarles en el seguimiento de Jesucristo y en su vivencia de la Iglesia.
Durante la vida de Jesús, su mensaje no fue puesto por escrito, sino escuchado por sus discípulos y por el pueblo. No fue sino después de su muerte y resurrección, junto con el acontecimiento de Pentecostés que, a invitación de Jesús a evangelizar y proclamar el Reino de Dios (ver MÍ 28,20; Mc 16,15-16), fue que nacieron las comunidades cristianas, las cuales se alimentaban de la enseñanza de los apóstoles, celebraban la Eucaristía y vivían fraternalmente unidas (ver Hech 2,42-44; 4,32-37). En ellas nacieron las tradiciones orales sobre Jesús y sus enseñanzas, que luego serían, por ejemplo, los Evangelios escritos. Sabemos que el primer evangelio en ponerse por escrito, fue el de san Marcos.
San Pablo, por su parte, al anunciar a Cristo y al fundar comunidades cristianas en los pueblos del mundo mediterráneo, quiso dejamos parte de sus enseñanzas en sus escritos o cartas, que fueron los primeros escritos del Nuevo Testamento en escribirse, gracias a la necesidad de mantenerse en contacto con sus comunidades. El primer escrito que vio la luz, fue la Primera Carta a los Tesalonicenses.
Pasados los años, al desaparecer los apóstoles y testigos del Señor (años 70- 100 d. C), hubo necesidad de recoger sus tradiciones y enseñanzas, naciendo los cuatro Evangelios, algunas otras cartas como las cartas católicas y el Apocalipsis. En menos de 50 años, se escribieron todos los libros del Nuevo Testamento, tal como los conocemos en nuestras ediciones de la Biblia.
Todo el Nuevo Testamento, podemos decir, es el anuncio de una misma buena noticia, la de Jesús, el Hijo de Dios (ver Mc 1,1), que, al venir a este mundo, hizo presente el Reino de Dios (ver Mc 1,141S), anunciándolo y demostrándolo con sus enseñanzas y milagros, sus signos. Esta buena nueva ha quedado por escrito, tanto para los cristianos de aquellos tiempos pasados, como para nosotros, cristianos y cristianas del siglo XXI.
Ahora bien, debemos dejar claro que, en la redacción de los escritos del Nuevo Testamento, la Iglesia no pretendió elaborar un resumen perfecto de la doctrina cristiana, sino recoger el mensaje de los primeros testigos y consolidar la fe en Cristo
(ver Lc 1,1-4; Jn 20,3 1).
Esto confiere a algunos de estos escritos carácter ocasional o pastoral, es decir, nacieron de necesidades o situaciones concretas, como las cartas de san Pablo, que fueron una respuesta a problemas concretos de las comunidades a las que él escribió.
Los primeros cristianos usaban el Antiguo Testamento como "Nuevo Testamento", es decir, para ellos y ellas era la Biblia; "su Biblia" era el Antiguo Testamento, puesto que no habían nacido todavía los libros del Nuevo Testamento, tal como los conocemos hoy día. Y lo leían (el Antiguo Testamento) a la luz de la vida y de las enseñanzas de Jesús (ver Lc 24, 25.45-46).
Luego, al elaborar el Nuevo Testamento, la Iglesia no quiso añadir una "parte nueva" al Antiguo Testamento, sino más bien, sin sustituir al Antiguo, aclarar que era necesario completar la antigua revelación, dada a Israel, por la revelación de Cristo.
Es que el Nuevo Testamento no sustituye al Antiguo. Al contrario, lo confirma y aclara su verdadero sentido, mostrando cómo se realizaron en Jesucristo las promesas de salvación, contenidas en el Antiguo.
De uno a otro Testamento no hay ruptura, sino "cumplimiento". Por eso, en el arte cristiano antiguo, se representaba a los cuatro grandes profetas del Antiguo Testamento, llevando sobre sus espaldas a los cuatro Evangelistas.
Pbro. Mario Montes Moraga, Colaborador La Asamblea.