San Juan, en su evangelio, cuenta que Jesús resucitado dio el espíritu santo a los apóstoles, en el mismo día de su resurrección (Jn 20, 19-23). Pero San Lucas, en su libro de los hechos de los apóstoles, cuenta que el acontecimiento de la llegada del espíritu santo, sucedió precisamente a los cincuenta días después de la resurrección del Señor (Hech 2, 1-4).
Más bien, cada uno de los evangelistas, al presentar el descenso del espíritu santo, san Juan el propio día de pascua y san Lucas 50 días después de ella, lo que pretenden es dar un mensaje muy concreto, cada uno con su propia “teología” particular. Para San Juan, con la muerte y la resurrección de Jesús, ha comenzado una nueva creación.
Luego dice que Jesús saludo con el saludo de la paz, por dos veces, a los discípulos. Es que los profetas de Israel decían que el pueblo elegido disfrutaría de paz, al final de los tiempos, de manera abundante (ver Sal 72, 3). Con este doble saludo, Jesús Resucitado quiere enseñar que esos tiempos tan esperados y añorados por Israel, ya llegaron…, que se ha producido la nueva creación que tanto anhelaban.
Y dice que los discípulos se “llenaron de alegría al ver al Señor”, pues, en la ultima cena, los discípulos entristecidos ante la partida de Jesús, el Señor les dice que su alegría sería completa cuando volviera (Jn 15, 11; 16, 22-24). Posteriormente, añade que Jesús, “sopló sobre ellos y les dijo: Reciban al Espíritu Santo…”, que recuerda el soplo de Dios sobre la cara del primer hombre, para infundirle vida (Gén 2, 7), enseñándonos que Jesús, al igual que Dios en los comienzos, esta realizando una nueva creación.
“A quienes ustedes perdonen los pecados, les serán perdonados…”, les dice Jesús, y además, los envía, como ÉL fue enviado por su padre.
Detalles que indican que, al bajar el Espíritu Santo sobre ellos y transformarlos en nuevas criaturas, estén en condiciones de ser auténticos apóstoles. Y que, al perdonar los pecados, se realiza esta nueva creación, anunciada por el profeta Ezequiel, en los tiempos definitivos, en los que Dios perdonaría los pecados de la humanidad (Ez 36, 25-26), cosa que ningún rito lo había logrado hasta ese momento y que con Jesucristo ya es posible (Heb 10, 3-14).
San Lucas ubica el acontecimiento de Pentecostés, en el “piso superior de una casa” (Hech 1, 13), donde estaban reunidos los once apóstoles, también varias mujeres, María, la madre de Jesús con sus hermanos o parientes (ver Hech 1, 13-14). Ahora bien, en el texto de Hech 2, 5 se dice que mucha gente presenció ese acontecimiento… y que habían, además, una cantidad de ciento veinte hermanos aproximadamente (Hech 1, 15), aunque podríamos pensar en otro lugar (Hech 2, 1) a causa de tanta gente ese día (posiblemente en el templo de Jerusalén), al decir que todos estaban en un lugar elevado, es para enseñar que la nueva alianza se realiza en un nuevo sinaí, simbolizado en una “sala superior” de la casa…
San Lucas cuenta con detalle los fenómenos cósmicos de ese día: ráfagas de viento, lenguas de fuego…, que recuerdan la alianza del Sinaí, en cuyo momento hubo tormenta, tinieblas, nubarrones y fuego del cielo (Ex 19, 16-19).
Con iguales fenómenos, san Lucas enseña que la nueva alianza se da con la bajada del Espíritu, pero ya no con la antigua alianza o ley de Dios para Israel, sellada en tablas de piedra y en manos de Moisés, sino que es reemplazad por el Espíritu Santo y dada a todos los hombres y mujeres, representados en la inmensa muchedumbre que asiste al evento, de judíos y no judíos (Hech 2, 5-11).
¿Cuándo bajo el Espíritu Santo? Realmente no lo sabemos. Debió de ser en alguna de las reuniones que hacían aquellos creyentes, después de la muerte y resurrección de Jesús, para orar como nueva comunidad (Hech 1, 14). Fue todo un acontecimiento que trasformo sus vidas, que los hizo hablar valientemente de Cristo Resucitad, que los cambio de miedosos a decididos (Jn 20, 19; Hech 2, 14-36). Y eso solo lo pudo haber hecho el Espíritu Santo. Esta experiencia tan intensa y maravillosa, los evangelistas la recogieron y la contaron de dos maneras, cada uno con su propio mensaje.
Pentecostés no es un día solamente, el día del Espíritu Santo. Es todo el tiempo en que vivimos, marcado por la presencia permanente del Espíritu, tiempo que comenzó con la resurrección del Señor y que durará hasta el fin de los tiempos. Tiempo que debemos aprovechar para vivirlo intensamente: la nueva vida que el espíritu santo nos ha dado en nuestro “propio” Pentecostés: en el Bautismo, en la Confirmación y en la vida cristiana de cada día.