Estando cerca del final del camino cuaresmal, (una época, no tanto de ayunos y cenizas exteriores, cuanto de conversión interior, de cambio del corazón), se culminará en la celebración de la Pascua y en la anual renovación solemne de nuestras promesas bautismales.
Conversión es confrontar nuestras vidas con nosotros mismos y con Dios. Y, en esta confrontación, es muy importante sentir que el Dios que está al final de nuestros caminos, es un Dios que nos exige, que nos va a pedir cuenta de los talentos que hemos recibido, pero que al mismo tiempo, es un Dios que nos salva por pura gracia y por pura bondad suya. Esta experiencia de un Dios que ama el mundo hasta darnos a su propio Hijo, debe de ser también central en nuestra experiencia religiosa cristiana.
En la muerte de Cristo y en la nueva vida, Dios nos hace una oferta de sentido, una respuesta que quiere ser asumida con confianza contra todo sentido y es esta: "El sufrimiento no es ningún signo de la ausencia de Dios ".
Dicho con otras palabras: si el sufrimiento se comprende como cruz, es un camino hacia Dios. Sencillamente, es otra forma de entender la frase de Jesús de que, Dios ha amado de tal forma al mundo, que nos ha entregado a su propio Hijo.
No tenemos respuestas ante bastantes dilemas o situaciones de nuestra vida; sólo queda la gracia y la fe de saber que estamos en las manos de un Dios que nos quiere, aunque no podamos comprender sus caminos; esos momentos en que nuestra única respuesta no se sitúa en el orden de la lógica humana, sino en el de la gracia, en los que únicamente podemos alzar los ojos a la cruz y referirnos a Cristo crucificado.
Pbro. Ángel María Pedrosa Arés, jesuita
Tomado de "La Asamblea