Amigos fuertes de Dios

<< Capítulo II >>

 

Orar: “Ver verdades”

“Moisés dijo a Yahweh: Por favor, Señor, yo nunca he sido hombre de palabra fácil, ni aun después de haber hablado Tu con tu siervo; sino que soy torpe de lengua y de boca.” (Ex. 4,10)

Este pasaje relata un importantísimo episodio en la vida de Moisés: después de haber huido hasta Madian por matar a un egipcio, y pasados varios años de trabajar como pastor, el Señor se le manifiesta en el Sinai encomendándole la gran misión de liberar al pueblo de Israel y conducirlo a la Tierra Prometida. Ante semejante encargo, Moisés lo que hace es presentarle al Señor mil excusas manifestándole sus verdades: todos sus contratiempos y carencias. Resulta irónico  que este hombre pretenda hacerle saber a Dios sus verdades como si El no las conociera. La creatura le quiere decir al Creador cómo esta hecho, cómo ha sido constituido, quiere hacerle saber todas sus miserias y se atreve a negarle al Señor hacer en su vida Su plan salvifico porque “es torpe de lengua y de boca”. Me digo a mi mismo: Pobre Moisés, no solo eras torpe de lengua, sino de cabeza también.

Y así somos todos. Nos presentamos ante le Señor con caretas, con máscaras, fingiendo ser lo que no somos y creyéndonos mas sabios que El. Nos creemos en el derecho de ordenarle a Dios qué hacer en nuestras vidas porque sabemos mejor que nadie qué es lo que mas nos conviene. Huimos de la oración porque al vernos tan necesitados creemos que Dios no querrá compartir con nosotros. O quizá algo peor: escapamos pues nos da miedo enfrentarnos a la realidad de que la oración no es evadir nuestra verdad, la del mundo y menos la de Dios, sino abrirnos a ella con un corazón iluminado por la gracia de nuestro Señor, que se concede a los humildes.

Santa Teresa de Jesús (1515-1582) cuando inició su obra cumbre (El Castillo Interior o Las Moradas) no sabía como declarar las relaciones que ocurrían entre Dios y el alma. Hasta que el Señor le iluminó una hermosa imagen, pero dejemos que sea ella misma la que nos cuente: “Se me ofreció lo que ahora diré para comenzar con algún fundamento: que es considerar nuestra alma como un Castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el Cielo hay muchas moradas […] unas en lo alto, otras embajo, otras a los lados; en el centro y mitad de todas estas tiene [el Señor] la más principal, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma.”   (1 M 1,1; 3a).

Allí, en ese centro y mitad es donde Dios quiere establecer con nosotros su relación de amistad pero, el penetrar en lo profundo de ese “castillo interior” de nuestras almas nos conduce a lo siguiente:
Que nos encontraremos con nosotros mismos, con nuestra verdad (el castillo) y que también nos encontraremos con el Rey de ese lugar y Su Verdad. Y ahí es donde, como decimos aquí en Costa Rica, “la chancha torció el rabo”. Y disculpe la expresión, pero esa es la realidad: nos da pánico enfrentarnos a la verdad, esa verdad que nos duele, que nos avergüenza, que no hemos sabido enfrentar y por lo tanto nos anula. Llámele frustraciones, limitaciones como la de Moisés, pecados, afectividades confundidas, grandes equivocaciones, sinverguenzadas del pasado, en fin, todo eso que no nos hace sentirnos plenos y felices habitantes de ese “Castillo interior”.

Pero el que desea iniciar este camino de perfección hacia un encuentro con el Señor debe tener bien claro que el conocimiento propio, de su entorno y de Dios ha de ser el pan de todos los días. “Con ese pan has de comer todos los manjares” decía Teresa. Esas   son las verdades que veremos en la oración. La oración es ese encuentro de tu a Tu que se verifica solo en la verdad, sin esta, no se pasa de un ritualismo desencarnado.
Por eso:

  • Orar es “ver verdades” ( V 19, 12 )
  • Pero no solo se ven verdades, sino que ahí, en ese encuentro, el Señor “da luz para entender las verdades”. O sea, eso que nuestra psicología no es capaz de aceptar y llevar, por medio de la oración es iluminado. La luz del Amor de Dios hace más llevaderas nuestras cargas, da nuevas fuerzas y muestra el sol que está detrás de la tormenta que percibe nuestro pensamiento. (F  10, 13)
  • Podemos, como Teresa, espantarnos “de ver tantas verdades y tan claras” ( C 1,25 ). El tomar consciencia de que Dios, conociéndonos (con todo y nuestras faltas) nos ama, y es mas, que hace de ese conocimiento el motivo de amarnos, no puede ser algo que valoremos superficialmente, sino en toda su amplitud.
  • La oración (ese subir al monte) es el espacio donde por excelencia se da la Epifanía (la manifestación de Dios), como, por ejemplo con Moisés.
  • Es el momento sagrado en el que no tienen cabida las poses, las mentiras o lo engaños, sino la verdad, que es la humildad. “Humildad es andar en verdad”, decía Teresa.

Andar en verdad ante Dios y los hombres, y con apertura para ver la realidad tal y como es: un requisito indispensable para avanzar en el camino hacia el Castillo Interior.

Bibliografía:
Teresa de Jesús, Obras Completas. Editorial Monte Carmelo, Burgos, España. 2002.
Varios autores, Teresa, enséñanos a orar. Editorial Monte Carmelo, Burgos, Espana, 2001

Ignacio J. Solano Gómez