La primera vez que leí este pasaje, un Jueves Santo, me llamo tremendamente la atención la palabra “conoces”. “Conocer” tiene un significado más profundo que “identificar”: trasciende el sentido cognitivo hasta transformarlo en “compenetración”, “interrelación”, “entrega mutua y plena” o simplemente (si la palabra “simplemente” cabe) significa “amar”. O sea, Jesús le dice: Tanto tiempo [tratando de amistad] con ustedes y aun no me aman, ni se dejan amar por mi? Tanto tiempo compartiendo conmigo el techo, el pan y la palabra, y aun no se han dejado compenetrar y transformar por mi Misterio? Tanto tiempo estando conmigo y tratando de mis asuntos, sin conocerme-amarme?
Este reproche que Jesús le hace a Felipe plasma muy bien lo que ocurre con muchos de nosotros los que nos decimos “gente de oración”. Así como este discípulo, que estaba con el Maestro sin estar, vamos a rezar apurados, cargados de asuntos que tratar, llenos de palabras que decir, rebosantes de expectativas acerca de qué sentiremos, de cómo nos irá hoy en la oración, pensando cómo haremos que Dios cumpla lo que le vamos a pedir (ordenar); y si es plegaria comunitaria, nos preocupamos de usar las palabras mas bonitas y hasta rebuscadas, pero no caemos en la cuenta de qué es lo medular en la oración: y el principal presupuesto del que debemos partir es que no es un “trato de asuntos”, sino un “trato de amistad”, o sea, de personas. Dicho de otra forma: en la oración lo importante no es tanto el “qué”, como el “con quien”.
Y cuando tomamos conciencia de ese trato personal, afectivo y teológico (en fe, esperanza y caridad), en el que lo importante el “con Quien”, todo adquiere significado, nuestra mirada se transforma, nuestro ser integral queda revestido de Aquel con quien nos compenetramos: “amada en el Amado transformada” (San Juan de la Cruz, P 5,5).
Mas lo contrario, esa pérdida de significado, tiene como consecuencia nunca llegar a ser orantes, o sea, personas revestidas de Cristo que transmitan Su luz a los demás, sino simples “practicantes de oración”, como el fariseo que oraba dando gracias de no ser pecador como el publicano, o como Felipe, que esta con el Señor y sigue sin conocerlo-amarlo.
Teresa de Jesús, que durante muchos años vivió en una terrible incertidumbre orante por no tener buena guía, nos dice de su experiencia con respecto a la oración en su libro Camino de Perfección (CV 25,3): “[…]Pensar y entender qué hablamos y con quién hablamos y quien somos los que osamos hablar con tan gran Señor. Pensar esto y otras cosas semejantes de lo poco que le hemos servido y lo mucho que estamos obligados a servir es oración mental. No penséis es otra algarabía […]”.
Orar no es llenar nuestra mente de conceptillos ni discursillos, sino estar o aunque sea querer estar (un acto de la voluntad) con el Amigo en el interior del alma, en ese castillo donde Dios se nos manifiesta. Es ese “mire que le mira”, o como le dijo un sencillo hombre al santo Cura de Ars: “Yo le miro y Él me mira”, o sea “Yo le amo y Él me ama” (“El mirar de Dios es amar”-dice San Juan de la Cruz-). Ese encuentro vivificador se verifica en la interioridad, donde no caben las mentiras ni los fingimientos, sino que se “ven las verdades”, donde el ser humano es realmente quien es. Y allí, en nuestra alma: No os pido ahora que penséis en El, ni que hagáis grandes y delicadas consideraciones con vuestro entendimiento (dice Teresa); no os pido mas de que le miréis. Pues, quien os quita volver los ojos del alma, aunque sea de presto si no podéis mas, a este Señor? Pues podéis mirar cosas muy feas, y no podéis mirar la cosa mas hermosa que se puede imaginar? […] y es mucho que quitados los ojos de las cosas exteriores, le miréis algunas veces a Él? Mirad que no esta aguardando otra cosa sino que le miremos.
Claro, podemos decir que esto es hermoso, pero que no siempre nos sentimos igual. A veces quisiéramos pasar toda la vida en oración y, en otras ocasiones los factores externos y principalmente nuestra propia psicología nos juega una mala pasada y, por eso, a veces no queremos ni rezar un Padrenuestro. Es en esos momentos críticos donde hemos de trascender del estar con El, al “querer estar con El”. “Forcémonos a nosotros mismos para estar cerca de este Señor” (CV 29,6), es la invitación de Teresa.
Al acentuar el papel de la voluntad frente a las vicisitudes de la oración, Teresa le da un derechazo al que tiene en poco sus plegarias porque sufre distracciones o por sus problemas de salud que le indisponen, supuestamente, para este don y ejercicio. El “querer” es lo fundamental y si se da este acto de voluntad, no obstante los desvaríos mentales (distracciones, cansancio, aburrimiento), hay verdadera oración.
Y aunque la gente sienta que no hizo oración porque no se concentró bien, porque no se sintió a gusto o cualquier otra molestia, pero su voluntad era estar con el Señor es una oración mas sublime y apreciada por Dios, que una hecha con gran gusto del orante, o practicante de oración. “Aquellos ratos que estemos en la oración, sea cuan flojamente quisiereis, tiénelos Dios en mucho” (2 M 1-3) Y no creamos que esos problemas se dan sólo a los principios y luego ya no habrá mas lucha, porque el combate se dará hasta el último día. Pero en ese camino hacia el encuentro con el Señor no estamos solos, pues Él mismo es quien nos da la mano. Por eso “no haya ningún cobarde! Aventuremos la vida!, que no hay quien mejor la guarde que quien la da por perdida. ( Teresa de Jesús, P 29,4)>
Bibliografía:
De Jesús, Teresa, Obras Completas. Editorial Monte Carmelo, Burgos, España. 2002.
De la Cruz, Juan, Obras completas. Editorial de Espiritualidad, Madrid, Espana. 1980.
Varios autores, Teresa, enséñanos a orar. Editorial Monte Carmelo, Burgos, Espana, 2001.
Simbología:
CV: Camino de Perfección, versión de Valladolid.
V: Vida o Libro de las Misericordias del Señor.
F: Fundaciones.
M: Moradas o Castillo Interior.
P: Poesías.
Ignacio José Solano Gómez