Amigos fuertes de Dios

<< Capítulo V >>

 

“Con ansia he deseado compartir esta Pascua con ustedes.” (Lc 22, 15 a)

La humanidad ha buscado siempre una razón de ser. Desde los inicios de ésta, cuando el hombre era sólo un ser errante, él se dio cuenta de que había un más allá. Algo que no podía explicarse qué era, pero que estaba allí, más presente que él mismo y que deseaba manifestarse, pero que esperaba a que llegara “la plenitud de los tiempos” para ser revelado en todo su esplendor. No se veía, pero se intuía; no se escuchaba, pero su voz se percibía en lo interior del corazón humano; no se palpaba, pero en torno a ese arjé (para los griegos, origen y motor de todo) giraba todo cuanto existía.

El hombre, movido por ese impulso de la curiosidad y la exploración, empezó la búsqueda de ese trascendente. Lo encontró en el Sol, la Luna las estrellas, la serpiente, o en diosecillos mitológicos; no obstante, aun estaban lejos de descubrir verdaderamente a ese “Ser Supremo” de quien los anteriores eran solamente un reflejo y, algunos, ni siquiera podían ostentar el regalo de la existencia: eran solamente invenciones del ser humano en su búsqueda de su origen. Algunos en su búsqueda pusieron su fe y esperanza en la tenencia de seres humanos como fuente de poder, otros en las tierras y la cantidad de siervos de la gleba que tuvieran a su servicio, algunos, en su capital y, una enorme cantidad, en ese camino, pusieron su fe en la mente: la razón como única fuente de conocimiento, de todo cuanto existe; o simplemente, en lo material. Muchos de los anteriores gastaban más las fuerzas de sus vidas en lo terreno y perecedero, que en lo divino y eterno; aunque sus acciones las tildaran de Dios, infinidad de veces para disculpar sus abusos y maldades. Pero, en fin, todas estas realidades no pararon más que en fracasos: vemos el fiasco casi rotundo del socialismo y el salvaje saqueo que ha hecho el capitalismo en nuestros países pobres y subdesarrollados, enriqueciéndose los bolsillos de unos cuantos y saqueándose los de otros millones de hermanos.

Ante esta historia de búsquedas y fracasos, incontable cantidad de personas ha perdido la fe. Son cada vez más los que aseguran que Dios no es más que una invención, como tantas otras. O que, si creen en Dios, lo ven como algo lejano y etéreo. Hay muchos que piensan que ese “trato de amistad” con Dios no es más que un invento formulado por el hombre para su autoconsuelo. Sin embargo, la historia también nos muestra que en medio de tantas tinieblas se manifiesta la luz de Dios, pues “si el alma busca a Dios, mucho más la busca su Amado a ella” (San Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo).

Dios no es alguien frío ni distante, encumbrado sobre nubes, no. Dios esta con nosotros en medio del afán de cada día, pues, como diría Teresa de Jesús: “Hasta en los pucheros anda el Señor”. Dios no es un interlocutor apático, sino que Él busca al hombre, aunque él no le busque. EN la frase anterior de san Juan de la Cruz dice: “si el hombre busca a Dios”, ese “si” no ha de ser visto de manera condicional, o sea: “Si yo lo busco Él, Él me busca, pero si no lo busco, entonces sí me fregué la vida.” La interpretación correcta ha de ser: “El hombre busca a Dios, y eso es bueno, pero debemos saber que ya Dios a tomado la iniciativa en esa búsqueda y el hallar a Dios no es otra cosa que un encuentro con el que nos ha buscado desde antes de nuestro nacimiento”.

Teresa de Jesús, al contarnos su experiencia se goza en presentarnos la imagen real de Dios, que se REGALA con el hombre en la oración, Su trato de amistad. La Santa caía de espaldas ante la realidad de Dios que viene a la oración “a holgarse conmigo” (C 28,3). No a pasar un mal rato con un indigno humano, sino a compartir con un amigo amado.

Dios está a la puerta esperando a que le abramos, pero si le cerramos la puerta de nuestro corazón, si no nos atrevemos a abrir la puerta de la oración “aunque quiera entrar a regalarse con un alma y regalarla” (V 8-9), nada puede hacer Dios, porque Él respeta nuestro libre albedrío. Pero de que espera ese encuentro con nosotros, lo espera. Y repito, ese deseo de Él de estar en trato de amistad con nosotros no es un cuento, es una realidad que nace del saber que Dios ME ama. Por lo tanto, si Dios me ama, se sentirá gozoso cada vez que yo le abra la puerta del alma para, poder celebrar en mi corazón una Pascua nueva.

Ignacio José Solano Gómez