Amigos fuertes de Dios

<< Capítulo VII >>

 

“Señor, Tú me examinas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos, distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares.” (Sal. 138)

La oración supone tres consecuencias inmediatas: Encontrarnos con la realidad del mundo, la de nosotros mismos y, encontrarnos con el Señor y Su verdad. Sólo en la verdad se puede dar la oración, porque “orar es ver verdades”.

En ese trato íntimo con Dios, Él nos revela verdades de la existencia en general, o mejor dicho, ilumina con su sabiduría nuestro conocimiento, o sea, cambia nuestros ángulos de visión para contemplar la realidad que nos circunda. Es por eso que podemos  ver el ejemplo de San Pablo, que dice que “cuando es débil, es cuando es fuerte”; o que “se siente feliz entre las persecuciones”;  o San Francisco de Asís, cuando exclama que “es muriendo que se alcanza la vida eterna”; o San Juan de la Cruz, que dice que “la Cruz a secas es bella cosa”, Teresa del Niño Jesús, que quería “morir de amor”, o la Santa, Teresa de Jesús, que decía: “Mi lauro está en el desprecio, en las penas mi aflicción, mi dignidad sea el rincón y mi soledad mi aprecio”.  En otras palabras, se podría decir que la oración es la fuente de las paradojas y contradicciones ante la lógica humana.

            Pero no sólo verdades en general nos muestra e ilumina el Señor, sino, junto a éstas, nuestra propia verdad, nuestro mundo interior. No obstante, la frase del gran filósofo Sócrates: “Conócete a ti mismo”, puede sonar a película de terror para muchos. ¿Para cuántos de nosotros puede ser algo duro y hasta trágico ingresar a esa fuente de datos, muchos de ellos desagradables, que es la interioridad? Supongo que para muchos. Sin embargo, quien no se atreve a entrar a su interior por medio de la oración es ignorante de sí mismo.

            En nuestros tiempos, así como en los de la Santa, se vive en una pasividad y desgana completa de ir más allá de las apariencias. Los jóvenes, niños y adultos son bombardeados por una ráfaga de publicidad que, por lo general, lo único que promueve es lo superficial, lo materialista. Y Teresa ante este problema decía: “¿No sería gran ignorancia, hijas mías que preguntasen a uno quién es, y no se conociese ni supiese quién es su padre ni su madre ni de qué tierra? Pues si esto sería gran bestialidad, sin comparación es mayor en nosotras cuando no procuramos saber qué cosa somos, sino que nos detenemos en nuestros cuerpos, y así, a bulto, porque lo hemos oído y porque nos lo dice la fe, sabemos que tenemos almas. Mas qué bienes puede haber en esta alma o el gran valor de ella, pocas veces lo consideramos; así se tiene en tan poco procurar con todo cuidado conservar su hermosura: todo se nos va en la grasería del engaste o cerca de este castillo, que son estos cuerpos”. (1M 1,2)

            El ser humano que no se atreve a ingresar a su interior no sólo es lamentablemente ignorante, sino que está exiliado de su propia tierra, de esa gran realidad de Amor para la cual fue creado, realidadque se empieza a manifestar, poco a poco, en esa Teofanía llamada oración cristiana. Y esta manifestación se da por la verdadera verdad, con el perdón de los gramáticos, de que no estamos huecos por dentro, sino que nuestras almas son sagrarios vivos de la Santísima Trinidad. Ése (la Santísima Trinidad) es el “gran Huésped que le hará [al orante] señor de todos los bienes [del interior del alma], si él no quiere andar perdido, como el hijo prodigo, comiendo manjar de puercos.  (2M 1,4)

Es tremendamente ilógico el ser humano, que llamado para semejantes grandezas manifestadas en el alma, se lance con tanta voracidad a la caza de lo perecedero.  Tal vez algunos podrían decir: “Es que en la oración sólo vemos nuestras miserias y eso no nos gusta, es duro”. Pero, ¿quién ha dicho eso? Porque en la oración no sólo se muestra nuestra bajeza, sino también la gran dignidad del alma, o ¿es que hemos olvidado que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios? ¿Será sólo miseria quien fue creado con tal modelo? No, por cierto. Por eso decía San Juan de la Cruz: “No te pongas en menos ni repares en las meajas que caen de la mesa de tu Padre. Sal fuera y gloríate en tu gloria y alcanzarás las peticiones de tu corazón.” (Oración del alma enamorada)

Ahora bien, no se puede negar otro aspecto que ya hemos mencionado: en la oración se nos descubre nuestra pobreza y nuestras situaciones morales. Aquí nuestra realidad se ve como un vidrio ante la luz del Sol: se ve hasta la mínima manchita.

Fue en la plegaria sincera donde Teresa descubrió “el ruin camino que llevaba”, y ahí era donde ella más entendía sus faltas, su no-correspondencia absoluta al Amor Divino.

Esta experiencia de caer en la cuenta de nuestra verdad es un gran obstáculo para muchos, y la razón por la cual tantos dejan la oración. Pero eso no es nada nuevo, hasta la misma que años más tarde sería declarada “Maestra de Espirituales” dejó la oración un tiempo para evitar verse desnudada por la mirada amorosa, pero insobornable de Dios. Ella sintió, como podemos experimentar muchos en la oración, que toda nuestra vida, con sus situaciones bellas y vergonzosas se nos vienen encima como una avalancha.

Pero es esta experiencia de pequeñez e indignidad absoluta nos abren al amor a los hermanos, haciéndonos incapaces de juzgarlos y por ende, se nos abre el paso a la tercera verdad manifestada en la oración: el descubrimiento de la Verdad de Dios.

Ignacio José Solano Gómez