Ya que hemos definido la oración como un trato de amistad, una iniciativa y don de Dios, una torre donde se ven las verdades, un camino y la puerta para entrar al castillo de nuestro interior; podemos preguntarnos: ¿Y este viaje espiritual, que tiene como fin el hacerse, por el Amor, uno con Dios y que de esa unión nazcan buenas obras, puede hacerse así, sin más ni más?
La respuesta en definitiva es: NO. Este caminar necesita preparativos, requisitos y exigencias sin las cuales todo lo que hagamos se podría derrumbar, así como se vino abajo la casa del hombre necio que la construyó sobre la arena.
Primero hay que partir del hecho que nuestra vida debe ir unida íntimamente a la oración. O, mejor dicho, no puede haber divorcio entre oración y vida, sino que una ha de ser expresión de la otra. Como decían los abuelos: “No se le puede prender una candela a Dios y otra al diablo”. El camino de Cristo no permite medias tintas: o estamos con el Señor o contra Él, o recogemos, o desparramamos. No hay vuelta atrás, si tomamos el arado no podemos echar la vista a lo hecho en el pasado, a nuestros quereres, a nuestros gustos y razones.
Para evitar este divorcio que tantas veces se da en los “practicantes de oración” (no en los orantes), Teresa nos dice: “Antes diré algunas cosas que son necesarias tener las que pretenden llevar camino de oración”. Y la primera “cosa necesaria” es el Amor.
Si decimos que la oración es un trato de amistad con Dios es ilógico pensar en llegar a ese trato con quien no vemos, si antes no sabemos tenerlo con quien vemos: el hermano. La amistad con el Señor no es algo meramente espiritualista y alejado de la realidad en la que nos desenvolvemos, sino que tiene un profunda dimensión horizontal; o sea, oración no es igual a puro verticalismo (mi Dios y Yo), sino que está plenamente identificada con la cruz, que tiene un travesaño vertical, pero también uno horizontal.
Tan importante es el trato de verdadero amor hacia los hermanos que la santa dice que quien cuide esa relación estará ya “muy adelante en el servicio del Señor”, aunque no sea alguien que se diga “muy místico que digamos”. Aquí podemos apreciar la trascendencia que tiene el amor en la vida del creyente. El Amor no es algo accesorio ni un adorno en el cristiano, sino que es su misma esencia, razón de ser y su misión en el mundo.
Pero ahora, en esta sociedad hedonista que a cualquier impulso hormonal se le llama amor tenemos que aclarar qué tipo de Amor es necesario cultivar para tener, conservar y que produzca frutos ese trato de amistad.
Empecemos por descartar todo afecto pecaminoso, pues, lógicamente, todos los apegos afectivos de tipo sexual fuera del matrimonio: toda fornicación, indecencia, deshonestidad y desviación se salen del plan Divino, así que no son el Amor que nos acerca a Dios.
También se queda afuera ese amor “carnal-espiritual” con un barniz de fe, pero que termina al final con los mismos malos deseos que en el amor carnal del cual antes hablamos. Es, como diría un padre, y perdonando la ironía, un amor credo. (Empieza con: “Creo en Dios Padre Todopoderoso” y termina en “la resurrección de la carne”)
Si el anterior no era amor verdadero, tampoco lo son los apegos estilo “circuito cerrado” donde nadie más puede entrar. O sea, el Amor verdadero no puede ser exclusivo para los que tengan tarjeta VIP, sino que debe ser universal.
Otro que no es Amor es el que se vuelve pura palabrería estéril sin obras que lo demuestren. Ya lo decían los abuelos con gran sabiduría: “Hechos son amores, no buenas razones”. El Amor no se puede quedar en simples discursos vacíos, en sermones moralizantes o espiritualoides, sino que se ha de concretar en actos responsables y con plena consciencia de nuestra obligación de ser luz en medio de tantas tinieblas.
El verdadero Amor, en palabras del Padre Tomas Álvarez, gran teresianista es, “ante todo, el Amor desinteresado, libre de egoísmo, practicado con obras y no sólo con sentimientos. Amor sacrificado como el de Jesús, verdadero “capitán del Amor” (CV ,9). Amor en comunión, alegrándose y condoliéndose con las alegrías y los sufrimientos de los otros. Amor basado, no en meras apariencias de belleza y simpatía, sino en valores consistentes, capaces de eternidad.
Este sí, y no otro es el Amor verdadero, aquel con el que nos amó el Padre al enviar a su hijo único para que todo el que crea en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna”. Éste es el Amor que debe tener el orante, el verdadero “amigo fuerte de Dios”
En el próximo capitulo seguiremos meditando acerca de las otras exigencias del caminante: el desapego de todo lo creado y la verdadera humildad.
Ignacio J. Solano Gómez