La vida transcurría tranquila por todos los rincones del cantón. Mientras en unos distritos los campesinos afanosos labraban la tierra con sus propias manos, volviéndola más suave para depositar ahí amorosamente la semilla; otros escuchaban el mugir de las vacas por sus pequeñas crías, unos vaqueros preparaban las cuadras y otros llenaban las cubas (cajones de madera) de verdes y húmedos pastos.
Había paz, una vez hermosa que sólo se rasgaba con el grito del nacer de un nuevo niño, completándose con vientos que sacudían un metálico alambre repleto de blancas mantillas.
También había mucho amor. El sencillo amor de manos callosas que se entrelazan tiernamente. Seres que no necesitaban pronunciar vanas palabras para expresar su sentimiento, pues en ellos se establecía la natural comunicación del lenguaje de los ojos.
Hoy con nostalgia vemos alejarse poco a poco esta armoniosa musicalidad, que como un concierto de notas sacadas de un arcaico instrumento, se va apagando poco a poco con el pasar del tiempo.
Coronado, como los demás pueblos, se va insertando en la corriente de la vida moderna y toda esa auténtica y natural personalidad se va trocando en una vida llena de afectación y artificio, en la cual tener un título colgado en la sala es casi el único objetivo de nuestra generación. La hermosa vida en que cada hombre era autosuficiente y a la vez dueño de sí mismo, va quedándose atrás, olvidada, perdida y hasta sin valor para una generación que no la conoció y que por lo tanto no puede valorarla en toda su extensión. Sin embargo, como en todos los casos de la historia, siempre hay algún documento que se logra rescatar o que permanece ahí, como mudo testigo del pasado.
Coronado tiene la magnificencia de su Iglesia. Imponente obra de arte, monumento histórico de las generaciones anteriores. Ella habla hoy en voz alta de unos hombres llenos de fe y de amor al trabajo, capaces de construir una morada digna para su Dios. Se sentían acaso muy agradecidos por las excelentes cosechas, por los robustos hatos, o ¿es que en sus sacrificios y angustias había sido su único acompañante?
Esta construcción magnífica debe analizarse estructuralmente y debe conocerse su historia, para que sirva a esta generación y a las del futuro de ejemplo vivo, de valor humano, de sacrificio, de ambición del hombre, de fe religiosa, y sobre todo de unidad, de la unidad que debe existir en un pueblo para poder realizar grandes obras.
Primer oratorio:
De acuerdo al archivo de la Curia Metropolitana, en el libro de mayordomía de San Isidro con fecha 1864-1867, conocemos que el primer lugar destinado a la atención espiritual de los isidreños fue un pequeño oratorio, situado entre San Antonio y Guayabal.
Se encuentra un inventario con fecha 1886, en el cual aparecen registrados los siguientes bienes:
"Un oratorio de 25 metros de largo con su sacristía, un Santo grande en el altar, un Cristo, una imagen pequeña de la Concepción, dos ramos de flores de mano con sus hojas plateadas, cuatro floreros de porcelana dorada, ocho candeleros de cobre, dos bombas de cristal, cuatro linternas, seis pantallas, un atril, una alfombra de tres varas, una silla para casar, dos manteles largos de altar, uno con listón y otro sin nada, otro con galón de oro, tres albas, una toalla de pulpito, dos casullas, dos amitos, cuatro corporales, un copón, una custodia , un misal, un bonete, un Cristo de Sacristía, un San Isidro pequeño con sus bueyes, carreta y arado, en urna de vidrio, las andas del santo grande, la cómoda de la sacristía, un lavatorio, un hostiario de lata, tres platillos con sus vinajeras, un campanario con sus dos campanas ....".
Este oratorio se encontraba muy deteriorado, además era muy pequeño y estaba situado en una cuesta incómoda, por lo que los isidreños no estaban muy satisfechos y deseaban construir algo mejor.
De acuerdo al archivo de la Curia Metropolitana, en el libro de mayordomía de San Isidro con fecha 1864-1867, conocemos que el primer lugar destinado a la atención espiritual de los isidreños fue un pequeño oratorio, situado entre San Antonio y Guayabal.
Se encuentra un inventario con fecha 1886, en el cual aparecen registrados los siguientes bienes:
"Un oratorio de 25 metros de largo con su sacristía, un Santo grande en el altar, un Cristo, una imagen pequeña de la Concepción, dos ramos de flores de mano con sus hojas plateadas, cuatro floreros de porcelana dorada, ocho candeleros de cobre, dos bombas de cristal, cuatro linternas, seis pantallas, un atril, una alfombra de tres varas, una silla para casar, dos manteles largos de altar, uno con listón y otro sin nada, otro con galón de oro, tres albas, una toalla de pulpito, dos casullas, dos amitos, cuatro corporales, un copón, una custodia , un misal, un bonete, un Cristo de Sacristía, un San Isidro pequeño con sus bueyes, carreta y arado, en urna de vidrio, las andas del santo grande, la cómoda de la sacristía, un lavatorio, un hostiario de lata, tres platillos con sus vinajeras, un campanario con sus dos campanas ....".
Este oratorio se encontraba muy deteriorado, además era muy pequeño y estaba situado en una cuesta incómoda, por lo que los isidreños no estaban muy satisfechos y deseaban construir algo mejor.
En el año 1862 los vecinos se organizan y solicitan al Obispo nombre una comisión para que determine el punto más apropiado para la construcción de un nuevo templo.
El Ingeniero Francisco Kurtze y el cura de San José, Nereo Bonilla, fueron miembros constitutivos de esa comisión. Después de hacer un estudio de la topografía del distrito de San Isidro, decidieron que el fugar más apropiado era una llanura, que es casi el punto céntrico del paraje, con una buena ventilación, agua potable en abundancia y una hermosa vista sobre el valle de San José.
Los vecinos celebraron un acto popular exponiendo su interés en el asunto y manifestando que ya tenían los materiales necesarios: maderas, horcones, etc. El Ingeniero Kurtze los convenció de la ventaja de construir con piedra, cal, y canto, para asentar sobre cimientos firmes y lograr una obra arquitectónica duradera. (Archivo de la Curia).
El permiso para la construcción se obtuvo en el año 1862, y comenzó la movilización económica para la realización de la obra.
En los libros de mayordomía de San Isidro de 1864 - 1866 - 1867, se ve como anotaban a los contribuyentes con nombres y apellidos y anotaba además, lo que se había recaudado en el platillo. El mayordomo en ese año era don Félix Rojas. En la lista de donaciones aparecen los nombres de: don Isidro Zúñiga, don Prudencio Cordero, doña Manuela Montero, don Feliciano Zúñiga, don José Ana Marín, don Amaldo Guzmán y don Leandro Elizondo.
En noviembre de 1864 se recogen 8 pesos para el pago de los planos. En ese momento hay un fondo de 199 escudos.
El 21 de octubre de 1866 entró como mayordomo el Sr. Prudencio Cordero. Recibió en caja la suma de 255 escudos, y con algunas limosnas más sumó a 365,25 escudos. En 1866 se agregan los nombres de los contribuyentes don Rafael Huertas, don Francisco Mora, don Miguel Arias, don José Tenorio, don Calixto Herrera, don José Soto, don Antonio Rodríguez y se llega a un total de 379 escudos.
En enero de 1867 se daban además contribuciones en especies como maíz, leña, cerdos, terneras, novillos y materiales de construcción. Las limosnas generalmente eran de 1 a 4 escudos. Los más acomodados daban más. El contribuyente más importante fue José Ana Marín, con 200 escudos, de los cuales 100 eran para la compra de mil tejas y 100 para el trabajo de la iglesia.
A esta fecha con ese dinero se podían comprar dos manzanas de terreno. (Las contribuciones aparecen en escudos, era la moneda española antigua, de oro y equivalía a dos colones con diez céntimos).
En ese tiempo existía una gran religiosidad. La iglesia era el centro de la organización social y la colaboración económica de las familias era un signo de desprendimiento y de poder que servía para afianzar el prestigio, pues la importancia de los individuos se medía en función de la colaboración que éstos dieran a las obras comunales del pueblo o de la iglesia. Mientras, en los centros más importantes del país se consolida una clase burguesa con un estilo de vida bastante europeo.
Una vez construido el templo en el mismo terreno en que está la iglesia hoy día, se bendijo el 21 de noviembre de 1880. La evangelización fue atendida por curas coadjutores de la parroquia de San Vicente, entre ellos: Román Martínez, Bruno Pereira y Luís Hidalgo. Los primeros registros de la parroquia de Coronado están firmados por ellos.
Existen pocos documentos sobre la iglesia vieja, por ellos se desprende que fue terminada en 1880, pues se bendijo el 21 de noviembre de 1880. Al estudiar las fotografías existentes de ésta se puede observar que era una iglesia de forma sólida, con la puerta y ventanas en forma de arcos de medio punto; a lo largo de todas sus paredes vemos columnas simuladas adosadas a los muros como se usó en el Renacimiento, que a la vez deben estar haciendo el doble papel de contrafuertes. El techo es de dos aguas y en él construyeron una pequeña torre de cada lado donde se observan las campanas. En el centro hay una torrecilla sólida que se remata con un techo en forma de segmento de círculo. No había armonía en cuanto al material, lo que resultaba antiestético. En esa torre central se puede apreciar un reloj circular. Esta iglesia tenía una puerta que miraba el oeste y dos puertas laterales una hacia el norte y otra hacia el sur. Algunos de los entrevistados opinan que estaba hecha de ladrillo y que sus paredes eran muy gruesas.
En 1881 el cura José Victoriano Mayorga practicó un inventario al tomar posesión de la nueva parroquia:
". . . el Templo de calicanto con una sacristía a la derecha y una capilla a la izquierda, en la parte anterior un coro y un frontisficio, en la posterior el techo forrado en madera en forma de bóveda y decentemente pintado al óleo.
La Iglesia contiene el presbiterio y éste, el altar mayor de madera pintado al óleo y adornado con reglas doradas colocadas con esmero y gusto, éste contiene en su centro una custodia de plata sobredorada preciosamente fabricada, en la parte superior está la Virgen Niña y en la inferior el tabernáculo donde se conserva la Sagrada Eucaristía, sobre la mesa y en su centro está un ara de piedra común.
En el mismo presbiterio esta una mesita redonda que sirve de credencia y el presbiterio está limitado por una baranda de hierro y madera pintado al óleo, color verde, el pulpito de madera pintada al óleo, color azul, adornado con reglas doradas en la parte superior, tiene un torna voz simétricamente colocado, a continuación y siguiendo la nave principal están colocados a derecha e izquierda dos confesionarios de madera de cedro, y tienen sus dos estolas moradas para administrar el sacramento de la penitencia, hay además un reclinatorio de las hijas de María y un reloj a la derecha que sirve para señalar las horas de la adoración perpetua del Santísimo Sacramento, cuatro pilas que sirven para contener el agua bendita en la nave de la derecha de la iglesia en la parte interior está el altar donde se conserva la imagen del patrón (San Isidro). Titular en el extremo posterior y debajo del coro, está el baptisterio que contiene la pila bautismal, su base calicanto y su copa piedra de roca en la nave de la izquierda en la parte anterior esta un altar donde se conservan las sagradas imágenes de Jesús Crucificado, Nuestra Señora de Dolores y San Juan Evangelista, sobre las paredes de la iglesia están colocados los varios pasos del vía crucis, de la bóveda principal cuelgan tres arañas de cristal, de roca cerca de la puerta del perdón está una mampara pintada al óleo de color blanco, en la torre de la derecha están colocadas las tres campanas, en el coro se conservan y veneran las imágenes de Nuestro Señor Jesucristo con el título del triunfo del Nazareno, del Resucitado, y de las de Nuestra Señora de Soledad y de Betlen de San Pedro y la Magdalena, la Capilla del lado derecho contiene el altar de madera pintado al óleo color blanco y contiene la imagen de la purísima Concepción, al lado derecho de la Capilla está una cómoda.
En la Sacristía existen las siguientes cosas: una cómoda que en su interior contiene dos Cálices, cinco misales, cuatro bonetes, las vinajeras, los corporales y purificadores, el incensario y la naveta, dos ternos uno negro y otro blanco, una casulla verde, dos casullas coloradas, una casulla negra, una casulla morada, una casulla blanca, una capa colorada y una morada, cuatro amaisales uno negro y tres blancos y un hostiario de plata. Una mesa de cuatro gavetas, que contiene cuatro albas con sus amitos, dos cordones y tres roquetes, un lavatorio, un guión de dos cruces, una cruz alta y dos ciriales, un palio una caldereta y una mesa, dos cajas de madera, una de óleos y otra de viáticos con su relicario y sus útiles. En los altares hay además de lo expuesto en cada uno: en el tabernáculo, seis candeleros blancos, seis en el altar de la capilla y los dos restantes blancos que sirven para colocar el cirio, y cuatro candeleros negros y ocho de metal amarillos que están repartidos en los dos altares que están repartidos en los altares laterales de la iglesia, tres campanillas, seis linternas, cinco mesas pequeñas, una capita, cinco bancas de madera, dos matracas, dieciocho floreros, un sepulcro, dos guarda visas, tres reyes, o esqueletos que sirven para el portal del nacimiento del niño. cinco alfombritas de lana, una cruz para el descendimiento, una silla de viáticos, el anterior oratorio un solar y casa cural, un panteón, varios muebles en la casa cural, un solar para la escuela de ambos sexos, seis silletas, una baranda de madera de hierro, colocada al frente de la iglesia, un copón de plata dorada, los manteles en general y varias menudencias entre ellas un facistol y tres atriles..."
Firma el cura entregante, Luis Hidalgo